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lunes, 1 de marzo de 2010

Menotti - La solterona y el ladrón - Mester


Otra faz de Gian Carlo Menotti: una «comedia grotesca»

En estas páginas, les he presentado a Gian Carlo Menotti con una obra seria y de audaz concepción compositiva, La muerte del obispo de Bríndisi, y luego con una ópera bufa que fue el primer éxito de este autor, Amelia va al baile. Hoy les traigo una obra también hilarante, y con todo el ritmo y el lenguaje que Menotti adquirió en su patria de adopción, los Estados Unidos de Norteamérica: La solterona y el ladrón. La chispa italiana no se le fue nunca a Menotti, aunque hubo de adaptarse a otra mentalidad más exterior y pragmática.
En 1939 la cadena NBC de los Estados Unidos le comisiona a Menotti escribir una ópera que iba a difundirse exclusivamente por radio. El músico —que casi siempre escribe él mismo sus libretos— decide hacer una pieza satírica, de contenido muy audaz para ese momento, que fue The Old Maid and the Thief, La solterona y el ladrón. La obra gustó tánto que hasta se hizo posteriormente en escenarios, y marcó otro de los grandes triunfos de Menotti.
He aquí el argumento de la obra: Bob, un mendigo, entra a la casa de la señorita Todd por la puerta trasera de la vivienda, con intenciones de robo. La dueña de casa está sirviéndole té a una amiga visitante, la señorita Pinkerton. Leticia, la criada de la señorita Todd, descubre al ladrón y, en principio, lo ayuda a ocultarse; en cuanto se va la visita, Leticia le avisa a su patrona que ella ha ocultado a Bob. Como ambas están desesperadas por compañía masculina, le sirven todo tipo de alimentos y le ofrecen muchas comodidades, para que no se vaya.
La señorita Todd oye por radio que se está buscando a un ladrón que se ha fugado, y la descripción del maleante coincide exactamente con la de Bob. Pero ambas deciden seguir ocultándolo. Cuando él se pone más exigente, y les pide que le consigan ginebra, bebida que no hay en la casa de la señorita Todd, ambas se dirigen a un almacén de bebidas y roban una botella de ginebra, para traérsela a Bob. Mientras éste toma su bebida alcohólica, la señorita Todd le cuenta que, como no tenían dinero para comprarla, debieron robarla. El ladrón se indigna, y manifiesta que entonces la mujer merecería ser encarcelada. Ésta se enoja por tánta ingratitud, y sale de su casa con rumbo a la comisaría, a denunciar a Bob. Pero en ausencia de la señorita Todd, Leticia y Bob desvalijan la casa, y se escapan llevándose incluso el automóvil de la señorita Todd. Cuando ésta regresa, encuentra la casa vacía, y se desmaya.
Una obra chispeante, con bellas melodías y una fuerte influencia de la música popular estadounidense, sobre todo de sus comedias musicales. Pero siempre muy original, como sucede con todas las obras de Gian Carlo Menotti.
La grabación que acompaño, aunque cantada por supuesto en inglés, fue hecha en Trieste, Italia, con la Orquesta del teatro Verdi, de esa ciudad. Los cantantes supongo que son de Estados Unidos. Esta grabación fue editada sólo en cassette, por el sello Vox/Turnabout, y la transferencia es excelente. Compruébenlo.

lunes, 17 de agosto de 2009

Menotti - Amelia al ballo - Sanzogno




Amelia al ballo, el rasgo inicial de un genio

La primera obra que hizo conocer el nombre de Giancarlo Menotti fue una ópera bufa que el joven compositor (26 años de edad) compuso y estrenó en 1937 en Filadelfia: Amelia al ballo (Amelia va al baile), cuyo libreto escribió él mismo —según su casi permanente costumbre—, y que es la única ópera que hizo en idioma italiano (aunque inmediatamente tradujo el texto al inglés, lengua en la que se estrenó en los EE. UU., como Amelia Goes to the Ball). Tratándose de un compositor italiano, la obra tuvo luego su estreno europeo, en el teatro Alla Scala de Milán. A partir de este éxito enorme, Menotti fue requerido habitualmente para componer obras que fueron otros tantos desafíos y consiguientes éxitos: por ejemplo, la primera ópera concebida para la radio (La solterona y el ladrón), la primera hecha especialmente para la televisión (Amahl y los visitantes nocturnos), y una de las primeras óperas con personajes extraterrestres (¡Socorro!, los globolinks).
Sin duda, Amelia al ballo debe el nombre de la protagonista (único personaje con nombre propio) a la protagonista de Un ballo in maschera, de Verdi: he aquí otra vez reunidos una Amelia y un baile…
La versión que hoy les ofrecemos de Amelia al ballo fue publicada en Argentina en disco LP, del sello Ángel, de Industrias Eléctricas y Musicales Odeón, bajo el número LPC 11648. El elenco es exactamente el mismo que estrenó la ópera en la Scala:

Amelia, soprano Margherita Carosio
El Marido, barítono Rolando Panerai
El Amante, tenor Giacinto Prandelli
La Amiga, contralto María Amadini
El Comisario de policía, bajo Enrico Campi
Camareras 1ª y 2ª, mezzosopranos Silvana Zanolli y Elena Mazzoni
Coro y Orquesta del Teatro Alla Scala de Milán
Director del coro, Vittori Veneziano
Director, Nino Sanzogno


Amelia al ballo, argumento
La acción tiene lugar en Milán, durante las primeras horas de una noche de 1910, en la residencia de una acomodada familia burguesa. La escena representa el dormitorio de Amelia. En el fondo, un amplio ventanal se abre sobre un espacioso balcón por el cual se divisará luego, al abrirse aquél, una vista parcial de la vieja ciudad, iluminada por el claro lunar. Una alcoba, una puerta de acceso, una mesa enana sobre la cual hay un florero lleno de rosas, y una mesita de tocador que, ricamente adornada y provista de un gran espejo, prevalece simbólicamente sobre los restantes muebles.
Al levantarse el telón, Amelia, todavía en ropa interior y luciendo un rico y ceñido corset fin de siglo, ultima nerviosamente sus preparativos para el primer baile de la temporada social. Mientras Amelia marea a las dos camareras con sus continuas exigencias, la Amiga, que la espera para ir al baile con ella y con su marido, da muestras de justificable impaciencia. (Duettino: «La notte, la notte è troppo breve».)
La entrada del Marido («Non si va, non si va più») es un balde de agua fría para la alocada alegría de las dos damiselas. La Amiga, tras esbozar un gesto de resignación, se despide de Amelia con un irónico «Addio» y del Marido con un malicioso «Buona sera!», se marcha sola, y Amelia desfoga instantáneamente su indignación. No durará mucho al conocer de labios de su Marido el motivo de la decisión. ¡Como para ir al baile, cuando él acaba de interceptar la carta apasionada de un presunto amante de su mujer! El Marido se manifiesta dispuesto a partirle la cabeza de un balazo.
Amelia comienza por negar con el mayor descaro, y concluye al cabo por no poder disimular su inquietud, mas ésta nada tiene que ver con el temor que la actitud de su cónyuge pudiera causarle, ¡sino con el de ver frustrado su proyecto de ir al baile!
El Marido exige el nombre de ese amante que firma ridículamente «Bubi». Y Amelia propone un pacto que las partes se comprometerán a respetar: se lo dirá, siempre y cuando el Marido le prometa que, una vez revelado el secreto, llevará al baile a su consorte. El Marido accede naturalmente a contraer un compromiso que su indignación le inducirá luego a no cumplir. Ella le revela que el Amante vive en el piso superior.
El Marido sale esgrimiendo su imponente pistola, dispuesto a lavar con sangre la afrenta inferida a su honor. Apenas queda sola, Amelia reflexiona, y se alarma ante la posibilidad de que una disputa auténtica entre los dos hombres pueda hacer peligrar aún más sus posibilidades de asistir a aquella primera gran recepción de la temporada social. Y, saliendo al balcón, llama al Amante, rogándole que huya sin pérdida de tiempo.
Así lo hace el interesado, deslizándose por una cuerda anudada (con la que ambos están demasiado familiarizados para no pensar que sirvió ya para proveerles otras entrevistas) hasta el balcón de Amelia. Romántico y apasionado, él propone a su vez un rapto. No obstante lo mucho que la tienta tal proposición, Amelia no se decide a considerarla: por el momento, su única preocupación es el baile: que la reitere luego y ya se verá. Antes de que pueda convencer al sorprendido galán de enhiestos bigotes, se oyen ruidos que denuncian la proximidad del Marido. No habiéndolo encontrado en el piso, éste regresa en efecto, sin que por el momento haya disminuido un ápice su indignación original. Sosegados sus arrestos de valentía por el anuncio de que el Marido esgrime una imponente pistola, el Amante trata de regresar por la cuerda a la planta superior. Para colmo de su mala suerte, la cuerda se rompe y apenas si le queda el tiempo indispensable para ocultarse en el único lugar posible: disimulándose entre los profusos adornos del elegante tocador.
El hallazgo de la cuerda excita las sospechas del Marido, quien descubre por fin al Amante y lo encañona con su arma, mientras Amelia, a punto de asustarse de verdad, se refugia en un ángulo. Mas la pistola ha fallado, y el Amante, hombre más fornido y varios años más joven que el Marido, recupera el ánimo perdido, en tanto que su rival, llamado a la realidad por la nueva situación, se pronuncia por llevar la cuestión al terreno del razonamiento y la lógica («Piano! Piano! Ragioniamo. Non commeta un’imprudenza»). Amelia, aburrida e impaciente, recuerda al Marido que debe acompañarla al baile.
Francamente interesados en su discusión, que pone en la balanza los derechos del amor frente a los del matrimonio, los dos caballeros hacen caso omiso de los incesantes ruegos de la impaciente dama. Y cuando el Marido le reprocha su impertinencia con un dejo de rudeza («Sei molesta come una mosca!») ella concluye por romperle en la cabeza el gran vaso de terracota que contenía las flores.
El Marido cae exánime. Por un momento, Amelia se siente perdida; luego, mientras el Amante trata en vano de reanimar a su rival, se asoma al balcón para pedir socorro a grandes voces.
Vecinos y agentes de policía hacen irrupción en el aposento. Imprevistamente, Amelia —que acaba de tener una diabólica ocurrencia—, denuncia al Amante como un ladrón que atacó al Marido al verse sorprendido por éste. El Amante se resiste a creer lo que oyen sus oídos. Prefiere creer por un momento que, excitada por los acontecimientos, Amelia ha perdido el contralor de sus ideas. Ha soñado, acaso. ¡Que despierte y revele a todos quién es su verdadero amor!
Al oírlo, los presentes lo toman a su vez por un loco. Máxime cuando Amelia, muy dueña de sí, asegura no haberlo visto jamás. El Comisario hará sacar de allí, severamente custodiado, a aquel infeliz. Y también el cuerpo del Marido (que reaccionó por un momento, pero ha vuelto a desvanecerse sin sentido al advertir a su alrededor toda aquella barahúnda) ha de ser llevado, hasta una ambulancia, donde lo trasladarán hasta un puesto próximo de primeros auxilios.
Amelia estalla en lágrimas. El Comisario de policía se siente conmovido, y, fatuo y galante, se propone consolarla. No tendrá por qué desesperarse, puesto que ha salvado sus joyas y su dinero, y la lesión del Marido no parece mayormente seria. Amelia le aclara entonces que la razón de su llanto no es otra que verse por fin privada de ir al baile, al tan ansiosamente esperado primer baile de la temporada social, puesto que, sola, no podrá ir. El Comisario le asegura de que, a riesgo de que se lo tome por un presuntuoso, se pone a sus órdenes (¡encantado!, por cierto) para escoltarla al baile. ¿Qué otra noticia hubiera podido hacer más feliz a Amelia? Enjuto el rostro de lágrimas, acepta llena de alegría y ambos salen del aposento en pos de la pequeña multitud antes congregada en él: el Comisario muy orgulloso de su dama; ella, verdaderamente encantada.
La moraleja de la historia está a cargo del coro, que en los últimos compases nos asegura que «se donna vuole andare al ballo, al ballo andrá».


viernes, 17 de julio de 2009

Menotti - La muerte del obispo de Bríndisi - Leinsdorf


Gian Carlo Menotti, il nuovo Puccini



El compositor Gian Carlo Menotti, uno de los mayores del siglo XX, era italiano. Por su origen, por sus nombres y apellido, por su nacimiento, y por su inocultable talento para las melodías y su innegable sentido de la escena musical. Y aunque los estadounidenses lo hayan querido robar —y, de hecho, lo consideran an american composer—, ninguno que escuche sus obras puede dejar de reconocer cuánto de latino y específicamente de italiano tiene su música.
Menotti nació en Cadegliano-Viconago, en la provincia de Varese, Lombardía, en el norte de Italia casi en la frontera con Suiza, el 7 de julio de 1911. Murió el 1 de febrero de 2007 (como quien dice: ayer nomás) en Monte-Carlo, Mónaco.
Cuando tenía 12 años de edad, Menotti comenzó a estudiar música en el Conservatorio de Milán. Y fue allí un alumno brillante. Pero por desgracia para él, su padre murió al poco tiempo y su madre decidió instalarse en los Estados Unidos, en donde el ya adolescente fue inscripto en el Instituto Curtis de Filadelfia (en ninguna de nuestras fuentes hemos encontrado la edad en que Menotti se instaló en EEUU, pero al parecer fue cuando el muchacho tenía 18 años). En el Curtis fue alumno de composición de otro músico de origen latino: Rosario Scalero. Y tuvo entre sus compañeros a dos estadounidenses que se harían famosos: Leonard Bernstein y Samuel Barber. Este último sería luego uno de sus mejores amigos, y Menotti le escribió el libreto de su ópera Vanessa. Y pronto empezaron los éxitos. En 1937, ni bien egresó del Instituto, Menotti triunfó ampliamente con su ópera Amelia al ballo, una obra bufa que ya revelaba todo el ingenio y la chispa que iba a caracterizar toda su producción: una joven esposa quiere a toda costa ir al baile, y para conseguirlo hace que su marido se desmaye, su amante vaya preso y, tras ello, hacer que el comisario interviniente en el episodio sea el que la lleve a bailar. La música es chispeante, llena de melodías muy agradables, una gran agilidad narrativa y un certero instinto dramático. Menotti prácticamente siempre escribió sus propios libretos, y el de esta ópera fue el único que escribió en italiano. Su estreno significó un descubrimiento mundial, y en EEUU se dio en inglés, bajo el título de Amelia Goes to the Ball. Al poco tiempo, ganó los escenarios de varios países, y su estreno en el teatro Alla Scala de Milán fue un éxito tal que uno de los críticos que la oyeron dijo: «Abbiamo un nuovo Puccini».
Y los estrenos se sucedieron, cada cual más exitoso que el anterior. Entre ellos, la primera ópera que se escribió en el mundo exclusivamente para la radio: The Old Maid and the Thief (La solterona y el ladrón), de 1941, un pedido que le hiciera la cadena NBC, y que cuenta la picaresca historia de una old maid que recibe la visita de un ladrón, y no lo quiere dejar ir. También fue Menotti el autor de la primera ópera que se compusiera exclusivamente para la televisión: Amahl and the Night Visitors (Amahl y los visitantes nocturnos), una obra pensada para interpretarse una vez en la emisión de Navidad de 1951, pero que gustó tánto que se repitió luego todas las navidades en la TV estadounidense durante quince años (se trata de una obra muy tierna, de fe y de milagro de un niño creyente y visionario de nuestros días, que se encuentra con los Reyes Magos). Otra ópera radiotelefónica de Menotti fue La medium, de 1946, una parodia acerca de las prácticas espiritistas.
Hablar de todas las obras de Menotti sería muy largo. Pero no podemos dejar de mencionar la ópera televisiva Help, Help, the Globolinks (Socorro, los globolinks), que tuvo un resonante éxito en Alemania (de hecho, la única grabación de esta obra es una versión en alemán, un material que por supuesto no se consigue en nuestro país).
Otra obra importante es The Telephone (El teléfono), de 1947, una ópera de cámara en donde se satiriza la intromisión de los teléfonos en la vida humana: una pareja decide conversar y tener un tierno encuentro, en la casa de la muchacha, y cada vez que empiezan una conversación suena el teléfono, lo que interrumpe por largos minutos todo intento de comunicación. Cuando el joven ve que se le hace la hora para partir de viaje, porque había venido a despedirse y a proponerle matrimonio para cuando él volviera de su viaje, decide dejar a la muchacha enfrascada en una larga conversación telefónica. La obra concluye con una última llamada, cuando ya la chica está sola: es el muchacho que le habla para despedirse, aunque fuese telefónicamente, y, entonces sí, proponerle el matrimonio.
La ópera que se considera la más importante de Menotti es sin duda The Consul (El cónsul), de 1950. Ya no es una obra satírica ni paródica, sino una verdadera tragedia. Algunos la consideran el mayor logro operístico de crítica de la sociedad contemporánea. En un país innominado, pero opresivo, un hombre es perseguido y será ejecutado si no escapa a tiempo. Mientras tanto, su esposa tramita la visa para que ambos puedan irse a un país limítrofe, que pasa por ser uno de los estados que más defienden la libertad y la democracia. Pero el cónsul está siempre ocupado y no atiende a nadie, su secretaria es una despersonalizada funcionaria que no comprende nada que no sean los formularios y los papeles, y todo termina trágicamente. La ópera incluye algunas escenas de desesperación, alucinación y locura en medio de la feroz burocracia que mata al ser humano y a toda posibilidad de liberación. Es una obra atroz, que algunos consideran una denuncia contra la deshumanización de la organización política de los estados.
La última obra de Menotti fue una ópera que le pidió Plácido Domingo, y se llama Goya, y es de 1986.
Además de escribir obras de cámara, conciertos y obras sinfónicas, Menotti organizó el Festival de Dos Mundos, en Spoletto, un acontecimiento que alcanzó tan gran prestigio que los yanquis no tardaron en copiarlo creando un pretendido Festival de Spoletto en América, lo que despertó airadas quejas de Gian Carlo Menotti.

La muerte del obispo de Bríndisi
En 1963 Menotti compuso una de sus obras más bellas, la cantata The Death of the Bishop of Brindisi (La muerte del obispo de Bríndisi), para bajo, mezzo-soprano, coro mixto, coro de niños y orquesta. Trata la historia —que algunos consideran mera leyenda— de la Cruzada de los Niños, una expedición infantil que al parecer partió de Alemania en 1212, con el propósito de liberar los Santos Lugares, es decir el mismo objetivo que las Cruzadas de los adultos. Los niños cruzados marcharon, en medio de penurias y repetidas bajas, a través de los Alpes y atravesaron Italia, para embarcarse, en Bríndisi, rumbo a la Tierra Santa. Antes de partir, le pidieron al obispo del puerto de Bríndisi que les impartiera la bendición para ese viaje, bendición sin la cual no iban a emprender la travesía. El obispo bendijo la expedición, y los niños nunca llegaron a Jerusalén. Algunos afirman que murieron en algún naufragio, y otros que los niños fueron capturados por los piratas, que los vendieron luego como esclavos.
La cantata de Menotti se ubica en el momento en el que el obispo de Bríndisi, a punto de morir, rememora el arribo y la partida de la trágica cruzada infantil, en visiones que lo aterran y le remuerden la conciencia. Se arrepiente de haber bendecido su marcha, aunque una religiosa trata de consolar el tormento que aqueja al prelado próximo a morir.
La música de esta cantata es asombrosa: el texto —del propio Menotti, por supuesto— está en inglés, y la partitura que acompaña al recitativo del obispo es de indudable estirpe moderna; tanto él como la monja cantan música del siglo XX. La orquesta, de una transparencia luminosa y verdaderamente pucciniana, introduce algunos temas fuera del tiempo, de gran poder melódico. Y los niños cruzados cantan himnos y coros de estirpe medieval, con fuerte raigambre gregoriana e inocencia conmovedora. La yuxta y superposición de estos mundos sonoros diferentes, la convivencia de ellos a lo largo de la partitura, constituyen un logro de equilibrio y de sabiduría arquitectónica que sin duda provocan la adhesión de los oyentes hacia el dramático contenido argumental de la obra.
De esta cantata se hizo, al parecer, una sola grabación, que en nuestro país sólo se editó en disco long-play, un disco de vinilo del sello RCA Víctor, nª LSC-2785, en versión de:

George London, bajo
Lili Chookasian, mezzo-soprano
Coro del Conservatorio de Nueva Inglaterra (preparado por Lorna Cooke de Varon)
Miembros de los Clubes de Solistas de los Colegios Catholic Memorial y St. Joseph (bajo la dirección musical de Berj Zamkochian)
y la Orquesta Sinfónica de Boston
dirigida por Erich Leinsdorf.

De esta grabación, que atesoro en mi discoteca privada, extraje la grabación que hoy acompaña esta nota. Digitalicé el material de vinilo, lo sometí a un ligero filtrado y luego lo comprimí en mp3. Y se escucha muy bien. La obra dura una media hora, y está en un solo track.
Y aquí se los envío. Creo que es una obra imperdible, que ignoro por qué no se difundió más.
Me gustaría saber qué impresión les causa oír semejante maravilla.

Menotti - La muerte del obispo de Bríndisi - Leinsdorf

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